LADRAN SANCHO



Ladran Sancho

Por Aníbal Ibarra

En estos últimos meses asistimos a una fuerte ofensiva de sectores corporativos y mediáticos contra el gobierno de Cristina Fernández buscando la desestabilización económica y política de la Argentina.

Pero no fue el único país de Latinoamérica en donde los sectores más conservadores buscaron esos objetivos.

Fueron embestidas golpistas amplificadas y propagandizadas hasta la náusea por medios concentrados de información, cuyas cadenas, con sede en Washington o en Londres, monopolizan públicos de norte a sur de nuestro continente.

Maduro junto a Chávez, el 5 de marzo
se cumplió un año de su fallecimiento
La crudeza de estos intentos, sin embargo no ha sido pareja en todos los países. Los medios concentrados de comunicación no dejan de hostigar a gobiernos como los de Pepe Mujica en Urugauay, o Dilma Rousseff en Brasil y libran una batalla sin descanso contra Rafael Correa en Ecuador Y Cristina Kirchner en Argentina. Pero en ninguna parte la apuesta por el derrocamiento del gobierno democrática y legítimamente elegido por el pueblo en las urnas ha ido tan lejos como en la Venezuela de Nicolás Maduro, la patria de Chávez, a quien ni muerto le perdonan haber dado el puntapié inicial para poner de pié a nuestro continente. EEUU va por la revancha política y por las reservas de petróleo venezolano, una de las más importantes del mundo.

En Argentina, no obstante, la escalada de maniobras y operaciones de toda índole a partir de fines del año pasado, y después de la clara derrota del grupo Clarín ante la Justicia en su intento de defender sus privilegios monopólicos, no ha sido nada despreciable.

Asistimos a verdaderas rebeliones provinciales de las fuerzas de seguridad; a saqueos cuidadosamente instigados; a corridas bancarias y operaciones para descontrolar el precio del dólar; a la especulación y subida de precios de supermercadistas y de sectores concentrados del comercio que disparan la inflación; a maniobras al borde de la legalidad y a otras directamente fraudulentas de los exportadores de productos primarios para evadir obligaciones fiscales y retener dólares: así ponían en riesgo la solvencia del país y pretendían extorsionar al gobierno.

La inclusión laboral y educativa, la vivienda digna y la salud para todos y todas son las mejores respuestas a largo plazo al problema de la inseguridad.

Y todo esto fue hecho con el apoyo y la connivencia de los mismos sectores políticos y de sus gurúes de la economía que nos condujeron a la crisis de proporciones inéditas de 2001. Eso sí: en aquel momento aciago de nuestra historia, no auguraron ninguna debacle, ninguna catástrofe, como constantemente sí hacen ahora.

Cristina junto a la multitud que acompañó 
en el inicio las sesiones ordinarias
Cristina Kirchner tuvo la firmeza, la lucidez y el respaldo incondicional de su pueblo para dar respuesta a todos estos intentos desestabilizadores que no buscaban otra cosa que horadar la gobernabilidad y provocar una salida anticipada de la presidente a cualquier precio. Las medidas económicas también tenían un contenido político, como los precios cuidados que convocaban al control y movilización de la población.

Pero si la coyuntura sirvió para mostrar con cuanta convicción el pueblo sostiene a Cristina, también desnudó la miseria y la cortedad de miras de más de un oportunista.

Y es que los grupos económicos y mediáticos más poderosos, como ya no pueden ejercer su poder de facto colocándose por encima de la Ley o sacando y poniendo gobiernos a gusto, lo que hacen ahora es seducir, tentar y –si lo consiguen- lanzar al estrellato, como si se tratara de personajes de la farándula a figuras con alguna trayectoria política, a veces muy modesta y otras, algo más destacada. Quieren asegurarse de ese modo un retorno más o menos acelerado a los privilegios de que siempre habían gozado.

Pero la oposición tradicional ya no puede ofrecerles ninguna seguridad de éxito. Diluida en la imagen pública por sus propias incoherencias políticas e ideológicas; entrampada en acuerdos electorales pensados solo desde el oportunismo y la oposición irracional al gobierno de Cristina Kirchner, sólo les quedó exhibir como si de una victoria contundente se hubiera tratado un apenas moderado retroceso del FPV y sus aliados en algunos distritos, que ni siquiera alcanzó para que la fuerza gobernante perdiera la mayoría en el Congreso.

Entonces, apelaron a los que nunca faltan: los que están dispuestos a saltar la cerca de un día para otro a cambio de los favores del poder. Ciertos sectores y dirigentes sindicales, como Hugo Moyano y sus laderos, más preocupados por mantener sus posiciones y prebendas corporativas que por la suerte del conjunto de los trabajadores, por supuesto no faltaron a esa cita.

Pero no son, por cierto, menos notorios los caudillos del conurbano que, apoyados en redes clientelísticas de décadas de antigüedad, no dudan en subastarse al mejor postor. Y ahí tenemos, entonces, a Sergio Massa, que desde su intendencia de Tigre, se ofrece como alternativa nacional exhibiendo una incoherencia política e ideológica sin límites.

La debilidad política del tigrense quedó, sin embargo, expuesta tras la profusa alharaca en torno a un éxito electoral legislativo que se explica más por el natural desgaste de un gobierno que lleva diez años en el poder que por la eficacia del propio Massa.

Y esa debilidad fuerza al ex jefe de Gabinete a hacer campaña con los slogans más caros a la derecha tradicional: la mano dura y la criminalización de la pobreza y, en particular, de los jóvenes que se encuentran en estado de mayor vulnerabilidad. Su reciente y encarnizada oposición a la reforma del Código Penal propuesta por el gobierno, que ni siquiera él conoce, expresa esta necesidad de cerrar fuerzas con los grupos más conservadores y hasta reaccionarios, dejando atrás, en el olvido y en las sombras una tradición política que siempre apostó por la solución social de problemas que no son sino sociales-

Porque, aunque es claro que es un grave error descuidar los aspectos específicos de la seguridad y las cuestiones jurídicas que se conectan a ella, sabemos bien que la inclusión laboral y educativa, la vivienda digna y la salud para todos y todas son las mejores respuestas a largo plazo al problema de la inseguridad. Pero Massa y otros intendentes parecen haberlos olvidado. Quizás, porque nunca estuvieron muy convencidos de nada, excepto de la necesidad de cuidar sus propios espacios y de buscar votos de cualquier manera frente a una coyuntura electoral.

CFK tuvo la firmeza, la lucidez y el respaldo incondicional de su pueblo para dar respuesta a todos estos intentos desestabilizadores, que buscaban horadar la gobernabilidad.

El corolario de todo esto no puede ser otro que el de volver a preguntarnos por la base política y por las alianzas capaces de sostener en serio y en el tiempo un proyecto nacional, popular y progresista. Si el pragmatismo y el cortoplacismo forzaron a un abandono o, al menos, a un alejamiento de la propuesta de tranversalidad que Néstor Kirchner quiso construir no bien asumió la presidencia de la Nación en mayo de 2003, hoy es hora de volver a poner la cuestión sobre la mesa.

El proyecto nacional, popular y progresista existe, está afirmado y ocupa el centro de la escena política nacional. Argentina es hoy otro país, en el que quedó demostrado que la estabilidad institucional, la gobernabilidad y el apoyo popular a la continuidad y a la ampliación democráticas ya no cargan con el peso de la fragilidad de la década pasada. No se trata, entonces, de resguardar lo más básico, sino de fortalecer el proyecto con una base de alianzas confiable, capaz de preservarlo en el largo plazo y también de sostener su profundización.

Una deuda pendiente en este sentido es la de recuperar para ese proyecto a la Ciudad de Buenos Aires. Desde el Frente Progresista Popular convocamos no solo a los aliados políticos sino también a todos los porteños y porteñas que, más allá de las diferencias, no quieren una Buenos Aires que sirva de bastión a políticas regresivas. A los que quieren defender los valores que mayoritariamente sostuvimos siempre los que vivimos y trabajamos en esta ciudad y que plasmamos en nuestra Constitución de 1996: la igualdad, la participación democrática, la defensa de lo público en primer lugar.

En 2015, tendremos de nuevo la oportunidad de reconciliar a Buenos Aires con lo mejor de su historia, de devolverle un futuro en el que la educación, la salud, la vivienda y el cuidado de lo que es de todos vuelvan a ser lo más importante.



Publicado en la edición de marzo/abril
de la revista DE FRENTE