➽ A 41 años de la masacre de los curas Palotinos
Hoy, hace 41 años, la dictadura asesinaba a
los padres Palotinos, crimen silenciado incluso por la propia iglesia.
El asesinato de los palotinos, denominada
“Masacre de San Patricio”, fue perpetrado por un grupo de tareas de la
dictadura militar, que fusiló a tres sacerdotes y a dos seminaristas de la
Orden de los Palotinos, disparándoles por la espalda, luego de ser puestos boca
abajo en el primer piso de la Parroquia de San Patricio.
Los asesinos arrancaron un afiche de
Mafalda que estaba colgado en la pared y escribieron “Por los camaradas
dinamitados de Seguridad Federal. Venceremos. Viva la Patria”.
Hoy los recordamos junto a los miles de
asesinados y desaparecidos durante la dictadura y seguimos peleando por la
justicia y por la condena a los autores
de la masacre.
Ver artículo publicado por Aníbal Ibarra
(ex fiscal de la causa) en el 40 aniversario de la masacre:
A 40 años de la Masacre de San Patricio, por Aníbal
Ibarra (ex
fiscal de la causa judicial)
El 4 de julio de 1976, un grupo de tareas
de la dictadura militar, asesinó a tres sacerdotes y a dos seminaristas de la
Orden de los Palotinos, fusilándolos por la espalda luego de ingresar a la
parroquia ubicada en pleno corazón de Belgrano (Echeverría y Estomba) de la
ciudad de Buenos Aires.
Las víctimas fueron: Alfredo Leaden, Pedro
Dufau, Alfredo José Kelly (sacerdotes), José Emilio Barletti y Salvador Barbeito
(seminaristas).
Dos días antes de la masacre de San
Patricio, una bomba de alto poder había estallado en el comedor de Coordinación
Federal de la Policía Federal -Seguridad Federal-, matando a 23 personas e
hiriendo a otras 60 aproximadamente. Esa bomba se atribuyó a Montoneros y los
asesinos de los sacerdotes y seminaristas palotinos escribieron con tiza en la
puerta de la habitación en donde los mataron “Por los muertos en Seguridad
Federal”. Una suerte de devolución de muertos por el atentado en la sede
policial.
Palotinos
Juan Pablo Young (autor junto a Pablo
Zubizarreta del documental “4 de julio”),
define al grupo de palotinos como
parte de una propuesta de cambio que entendía lo político-religioso como dos
pedazos inseparables de la misión pastoral. La mayoría de los seminaristas,
cuenta, eran además estudiantes universitarios. No es de extrañar que cuando se
mudaron a Belgrano trastrocaran las costumbres de la parroquia, hasta entonces
de corte tradicional. Se negaron a tener cocinera, dejaron de cobrar los
casamientos, los novicios no usaban vestimenta clerical y trabajaban fuera. En
el documental hay vecinos que recuerdan las homilías del padre Alfredo Kelly,
de tono encendido y contenido, irritante para algunos sectores de la feligresía.
Ya avanzado el ’76, después del golpe, el
padre Kelly daría un sermón que reflejó uno de esos picos de tensión, cuando
denunció desde el púlpito que se estaban haciendo remates de los bienes robados
a los desaparecidos y que feligreses de San Patricio habían participado de
ellos. La homilía quedó en la memoria como “el sermón de las cucarachas”,
calificativo que Kelly usó para describir a quienes, dijo, ya no podía seguir
llamando ovejas de su rebaño. Poco después, Kelly supo que estaba circulando
por el barrio una carta en la que un grupo de feligreses pedía su destitución,
acusándolo de “comunista”. El sacerdote escribió en su diario personal sobre su
preocupación por el tema. Horas antes de los asesinatos, durante la cena,
también habló de estos movimientos, preocupado por las consecuencias que
podrían implicar (ver nota de Laura Vales en Página 12 del 8 de julio del
2007).
La masacre
El día 4 de julio, aproximadamente a las
dos de la madrugada, Julio Martínez Waldner, hijo del entonces gobernador de la
dictadura en Neuquén -José Andrés Martínez Waldner-, volvía a su domicilio
junto a dos amigos, Luis Pinasco y Guillermo Silva. Antes de ingresar a su
vivienda, ubicada en la esquina de la parroquia, los tres observan que entre
dos automóviles se hacían juegos de luces. El hijo del gobernador de Neuquén
pensó que podía tratarse de un atentado contra su padre -quien no estaba en la
vivienda- y se dirigió hacia la comisaría 37 de la Policía Federal.
De la comisaría enviaron al lugar un móvil
comandado por el ayudante Romano quien dialogó con los ocupantes de los
automóviles denunciados por el hijo del gobernador de facto de la provincia de
Neuquén. Inmediatamente después fue hasta la puerta de acceso a la vivienda de
Martínez Waldner y les dijo: “métanse adentro de la casa, no es con ustedes la
cosa. Si escuchan unos cohetazos no se asusten, la cosa es con unos zurdos de
ahí…”.
Temprano, a la mañana siguiente, la
parroquia estaba cerrada sin explicación alguna. Un joven que tocaba el órgano
en la iglesia ingresó por la ventana y se encontró con los cinco cadáveres de
los palotinos, dándose intervención a la Policía Federal.
Los cinco religiosos fueron puestos boca
abajo sobre el piso de la habitación del primer piso -sobre la calle Estomba- y
fueron asesinados con una balacera propia de matones fascistas.
Arrancaron un afiche de Mafalda -que los
seminaristas tenían pegado sobre la puerta- y lo arrojaron sobre el cuerpo de
uno de ellos. En el dibujo de Quino
Mafalda tomaba el machete de un policía y decía: “éste es el palito de
abollar ideologías…”. En el lugar del afiche escribieron: “Por los camaradas
dinamitados de Seguridad Federal. Venceremos. Viva la Patria “.
La masacre de los religiosos sacudió a la
Iglesia y sacudió al barrio de Belgrano. La dictadura informó que los
religiosos habían sido asesinados por subversivos…
La investigación
Cuando asumo como Fiscal Federal en el año
1986 la investigación, conducida por el entonces Juez Federal Guillermo
Rivarola, había llegado a un punto muerto y me giraron el expediente para
cerrarlo. Recuerdo perfectamente que un empleado de mi fiscalía (hoy camarista
en lo contravencional en la ciudad, Sergio Delgado) me dijo: “Llegó este
expediente para ser clausurado, es indignante. Creo que se puede profundizar la
investigación”.
Lo leí renglón por renglón, hoja por hoja.
Tuve en mis manos el afiche de Mafalda todavía manchado de sangre, vi las fotos
de la barbarie y me indigné con la mera posibilidad de aceptar la impunidad de
semejante crimen. Pedí medidas de prueba que no se habían realizado y salí
personalmente a buscar otras para intentar mayor eficacia. Concurrí a la
parroquia y visité el lugar de los hechos, expresando de esa manera el
compromiso de la Fiscalía con la investigación.
Ese mismo día, el 4 de julio, se hicieron
presentes en la Iglesia de San Patricio el nuncio apostólico Monseñor Pío Laghi
y el Cardenal Juan Carlos Aramburu.
Allí se enteraron de la existencia de
testigos de la presencia policial y de los autos sospechosos, e incluso un
sacerdote de San Patricio, Efraín Sueldo Luque, le recibió declaración a uno de
los testigos, Luis María Pinasco, para enviarle el testimonio a la jerarquía
eclesiástica. El testimonio fue enviado junto con una nota explicativa por el
propio Efraín Sueldo Luque al Cardenal Aramburu el 6 de julio. Dos días después
de la masacre.
La Iglesia, entonces, contaba con la
información de la intervención de las fuerzas de seguridad y parapoliciales en
el hecho. La Iglesia lo calló, lo silenció, y recién pudieron rescatarse esos
documentos una vez llegada la democracia.
Esas declaraciones nunca habían sido
incorporadas al expediente ni habían sido hechas públicas. Las había guardado
la Iglesia y, en todo caso, usado en forma reservada frente a los militares.
Conseguí el nombre de quien había tomado esas declaraciones y supe que estaba
en una parroquia de Pergamino. Pude obtener copias de esos testimonios y los aporté al expediente.
A partir de allí pedí el procesamiento del
entonces comisario de la Comisaría 37, Rafael Fensore, y del ayudante Romando,
porque habían escondido la prueba que surgía de la “denuncia” del hijo del
gobernador de la Provincia de Neuquén y la presencia de autoridades
eclesiásticas investigando los hechos. Sostuve que eran partícipes de los
homicidios porque no actuaron como debían -eran policías- frente al posible
asesinato de personas, como se lo advirtieron a Julio Martínez Waldner y sus
amigos.
Dijo Emilio Mignone
en su libro “Iglesia y Dictadura”:
“El 20 de agosto de 1986 el fiscal federal
Aníbal Ibarra ha solicitado al juez del fuero Néstor Blondi el procesamiento
del entonces ayudante Romano de la seccional 37a de la policía federal y del
ex-comisario de la misma, Rafael
Fensore. A dicha seccional pertenecía el patrullero que interrogó a los
ocupantes del auto que vigilaban a los sacerdotes palotinos. Los agentes del
vehículo policial reconocieron las credenciales y autorizaron su permanencia en
ese sitio. Sostiene el fiscal que los ocupantes del Peugeot 504, que se
encontraba estacionado ese día en las proximidades del lugar, a las dos de la
madrugada, fueron los que cometieron el hecho. La actitud sospechosa de dos automóviles,
que se comunicaban entre sí a través del juego de las luces, hizo que Julio
Martínez, hijo del entonces gobernador de Neuquén, general Martínez, ante el
temor de un ataque terrorista contra su padre que vivía en la esquina de la
parroquia de San Patricio, alertara a la comisaría 37a, que comisionó a un
patrullero para que investigara la cuestión, con el resultado conocido. El 2 de
setiembre del mismo año, el magistrado interviniente dispuso procesar a los
mismos. Resulta claro que la investigación sobre estos elementos probatorios,
que las autoridades eclesiásticas conocían, pudo haberse realizado en 1976.”
Luego de haber sido procesados ambos
funcionarios policiales, terminaron sobreseídos por prescripción de la acción
penal. Hoy el expediente se encuentra impulsado por el juez Sergio Torres en el
marco de la megacausa Esma, por delitos de lesa humanidad.
Eduardo Kimmel
Eduardo, a quien conocí personalmente y con
quien muchas veces hablamos de la Masacre de los Palotinos, fue un periodista y
escritor que investigó esos asesinatos. Publicó un libro sobre los hechos,
sobre los posibles autores y sobre la investigación judicial. Fue querellado
por el entonces juez Rivarola por calumnias e injurias y fue condenado a un año
de prisión en suspenso y a pagarle al juez 20000 pesos (dólares). Su “terrible”
crítica injuriosa fue la siguiente:
“El juez Rivarola realizó todos los trámites
inherentes. Acopió los partes policiales con las primeras informaciones,
solicitó y obtuvo las pericias forenses y las balísticas. Hizo comparecer a una
buena parte de las personas que podían aportar datos para el esclarecimiento.
Sin embargo, la lectura de las fojas judiciales conduce a una primera pregunta:
¿se quería realmente llegar a una pista que condujera a los victimarios? La
actuación de los jueces durante la dictadura fue, en general, condescendiente
―cuando no cómplice― de la represión dictatorial. En el caso de los palotinos,
el juez Rivarola cumplió con la mayoría de los requisitos formales de la
investigación, aunque resulta ostensible que una serie de elementos decisivos
para la elucidación del asesinato no fueron tomados en cuenta (…) La evidencia
de que la orden del crimen había partido de la entraña del poder militar
paralizó la pesquisa, llevándola a un punto muerto.“
Como se ve, mucho menos de lo que podía
decirse. Sin embargo, la corporación judicial actuó en defensa de uno de los suyos
y terminó condenado por la Corte Suprema menemista. Finalmente, su caso llegó a
la CIDH y fue revocado. A raíz de ello, fueron suprimidas las calumnias e
injurias en los casos de interés público, en lo que se conoce como la ley
Kimmel.
Hoy se cumplen 40 años de la Masacre de los
Palotinos a quienes le iniciaron los trámites para su canonización. Hoy los
recordamos junto a los miles de asesinados y desaparecidos durante la dictadura
y seguimos peleando por la justicia y
por la condena a los autores de la masacre.
En lo personal, una causa que me movilizó
mucho, en la que me comprometí profundamente y que me motivó a participar año
tras año en la misa recordatoria en la iglesia de San Patricio, allí donde
fueron asesinados.
Por
su memoria.
Aníbal Ibarra