Ingreso a la
ESMA el 19 de marzo de 2004
Lila Pastoriza, militante política, recuerda
la primera vez que regresó a la Escuela Mecánica de la Armada (ESMA), el centro
clandestino donde estuvo secuestrada entre 1977 y 1978, junto con compañeros de
militancia y el entonces Presidente Néstor Kirchner. Fue el 19 de marzo de
2004, más de 25 años después de su cautiverio. Pocos días después se firmó el
convenio para que los marinos desocuparan el predio, el primer paso para hacer
allí un espacio de memoria. Además, Pastoriza recupera las sensaciones sobre
aquel día de sus compañeros Cristina Aldini, Ana Soffiantini, Adriana Clemente,
Ricardo Coquet, Martin Gras, Miriam Lewin, Nilda “Munú” Actis, María Milesi y
Liliana Gardella.
“Kirchner se emocionó en la vista
a la ESMA”, titulaba el diario La Nación el 20 de marzo de 2004. El día
anterior, por primera vez después del fin de la dictadura, los ex detenidos
sobrevivientes de ese centro clandestino volvimos a entrar al lugar de
cautiverio acompañados y convocados por el Presidente. Las crónicas de entonces
dieron cuenta de los temores iniciales a no poder soportar el impacto del lugar
del horror y la fuerza que generó en el grupo el reencuentro con los compañeros
y el reconocimiento por parte del Estado que supuso el gesto del Presidente.
Desde el presente y a 15 años de aquella primera visita hoy volvemos a
preguntarnos qué nos pasó ese día. “Entré como ex detenida desaparecida y salí
como sobreviviente”, escribió Adriana Clemente para esta nota. Una frase que lo
dice todo.
**
Creo que fue a primeras horas de
la tarde cuando un grupo de sobrevivientes subimos al micro que nos llevaría
hasta la Esma. Estábamos desde hacía rato cerca de la Casa Rosada, en algunos
bares de la zona. La espera había sido ansiosa, inquieta, con reacciones
diversas que se iban atenuando con cada reencuentro con compañeros, con cada
abrazo. Recuerdo vagamente aquel viaje un tanto bullicioso, de voces
superpuestas. Así fue hasta que llegamos a la avenida del Libertador frente a
la entrada a la Esma. Allí paró el bullicio. Decidimos bajar y entrar a pie.
Todos juntos. Creo que sentí, o quizás lo siento hoy, que nos movíamos con
lentitud. Me veo levantándome del asiento hablando bajito, descendiendo del
micro, caminando hacia la puerta con unas compañeras, tomadas de la mano. Así
entramos al predio de la Esma. La primera vez desde el tiempo del cautiverio.
Para mí, más de 25 años después.
Es difícil traducir en palabras
lo que nos pasaba. Éramos un grupo y como tal seguimos hasta cerca del Cuatro
Columnas, donde ya estaban algunas autoridades nacionales y el entonces jefe de
Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires Aníbal Ibarra y la Subsecretaria de
Derechos Humanos Gabriela Alegre. ¿Habría gente de la Armada en los edificios?
No se los veía pero debían estar. Desde afuera, sobre la vereda, tras las
rejas, miraban periodistas, algunos familiares nuestros y también otros que
protestaban por el eventual fin de los estudios allí. Cuando llegaron Kirchner
y Cristina, tras los saludos a cada uno, salimos hacia el ex Casino de
Oficiales, el edificio del Grupo de Tareas, donde estuvimos recluidos. La
emoción nos desbordaba. Algunxs compañerxs hacían la V de la victoria, otrxs
miraban hacia adelante. Caminábamos por la misma calzada usada antes por los
coches camuflados en los que nos llevaban secuestrados. Dos días después, yo
escribía en una nota: “¿Es esto posible? ¿No estaré soñando? Me lo pregunté de
repente en la tarde de aquel viernes cuando caminábamos junto al Presidente
hacia el Casino de Oficiales. Íbamos por la calzada del jardín, entre el sol y
las flores…” Y es que al principio, todo parecía irreal. ¿O acaso podía ser
cierto que nosotros, los ex detenidos siempre sospechados, estuviéramos allí,
pisando fuerte, en la primera visita a la emblemática ESMA y acompañados por el
presidente de la Nación y autoridades del país?
Al fin llegamos al edificio del
Casino. Nos detuvimos en uno de los dos playones que daban al sótano. Me
desorienté, no reconocía el lugar. Sabía que a uno llegaban los coches operativos
tras los secuestros y que el otro era el de los traslados. ¿Dónde estaba? No
alcancé a discernirlo, ya habíamos entrado al sótano, enteramente vacío. ¿Sería
el mismo? En instantes se rompió el silencio y nos lanzamos a ubicar los
espacios conocidos, los de antes, en una búsqueda casi desenfrenada, eufórica
en los hallazgos y desorientada ante los cambios.
Recuerdo que ese día, algunxs
buscábamos allí obstinada e inútilmente la escalera. La que atravesaba el
Casino desde los altillos al sótano, la que recorrían por última vez los
detenidos en fila hacia el traslado, la que usábamos a tientas contando sus
escalones y forzando sentidos, la misma donde un compañero vio cómo bajaban al
sótano el cuerpo de Rodolfo Walsh. Necesitábamos ver esa escalera. Pero ya no
llegaba allí, los marinos habían tapiado ese tramo y ahora recorría el Casino
hasta la planta baja. Fue en ese lugar que encontramos la escalera amputada y
también vimos el muro, que aún persiste, erigido para ocultar al tramo
seccionado. Y sentimos que esa prueba material imprescindible del
funcionamiento de la maquinaria represiva tenía mucho que ver con nosotros, con
lo vivido.
Vista desde hoy, quizás la
excitación de aquellas búsquedas fue, sobre todo al principio, una suerte de
defensa para eludir el impacto brutal de ese reencuentro temido, una forma de
evitar que el frío del sótano nos paralizara, nos llegara hasta el alma. Pero
también pienso que, a la vez, sentíamos necesario ese encuentro, incluso que,
aún sin saberlo, de algún modo lo deseábamos. Quizás queríamos confrontar ese
lugar con lo quedó del cautiverio en nosotros, y más aún, tal vez buscábamos
allí, donde estuvimos desaparecidos, algo que nos pertenecía, nuestro vivir en
la Esma, que hace a la memoria de lo ocurrido. “Entramos públicamente a un
lugar que antes era clandestino y de alguna forma estamos recuperando pedazos
de vida”, dijo Víctor Basterra, al ser entrevistado aquel 19 de marzo del 2004.
Después del sótano recorrimos
todos y cada uno de los espacios del ex Casino, desde El Dorado hasta los
altillos, desde los baños hasta el pañol y la pecera. No siempre coincidíamos
en ubicar un lugar o en describir su uso. Dependía de la época de cautiverio de
cada uno, sobre todo teniendo en cuenta las modificaciones edilicias
emprendidas a fines de 1978 ante la visita de la OEA y el cambio de jefatura
del grupo de Tareas tras el retiro de Massera.
Mas allá de diferencias de este
tipo, y de nuestras características personales, historia y mirada, todos
compartimos el asombro en descubrir que las instalaciones eran mucho más pequeñas
de lo que recordábamos, el fuerte impacto de lugares como capucha y capuchita y
el acompañamiento y contención del Presidente Kirchner durante todo el
recorrido.
Llegar a capucha fue duro. La
misma penumbra terrosa. Y las mismas vigas y travesaños de metal de ese altillo
propio de un cuento de terror. Yo no la vi más pequeña de lo recordado, como
ocurrió con otros espacios. Seguía siendo interminable, desolada. Creo que me
llevaron allí una tarde próxima a mi secuestro antes de recluirme en capuchita
por seis meses. Y después de nuevo a capucha donde solo dormía, el día lo
pasaba en la pecera y de ahí a la celda, los cuerpos alineados en las cuchetas
al costado, y salvo excepciones, el silencio. Cuando en la visita subí a
“capuchita” me asombró al principio verla tan desnuda, faltaban los cuartos del
compartimento hermético allí instalado, los tabiques y las cuchetas, el piso de
baldosas rojas, y, claro, su pequeñez abigarrada. Solo persistían el tanque de
agua, las ventanas ¿pintadas?, el aire rancio. Pero allí en esos huecos del
vacío estaban mis compañeros, vivos por supuesto. Pablito levantaba el tabique
blanco y se lo ponía como vincha, Susana embarazada entonaba con voz finita una
canción de Sui Generis, la mirada de Mario Galli hablaba sin palabras, Alcira
Fidalgo transformaba la miga de pan en una flor, el Viejo Faraldo escondía un
libro guiñándome el ojo, la madre con vestido floreado, que resultó ser
Azucena, me impactaba con su fuerza…Y así estaban - y deben seguir estando-
todxs lxs compañerxs, muchxs más, resistentes, personas.
El recorrido del ex Casino
finalizaba. Siempre con Kirchner y Cristina. Estuve cerca de ella en la
caminata y la entrada al sótano, casi siempre callada y apretando su bolso bajo
el brazo. Durante el recorrido dentro del ex Casino preguntaba con discreción.
La vi hablar varias veces con nuestra compañera Andrea Bello, que le explicaba.
Kirchner estuvo muy presente. Oía los relatos de los compañeros, nos contenía
si hacía falta (aunque él también fue visto lagrimeando). Creo que fue en
capucha donde me preguntó si ésa era la primera vez que visitábamos el lugar.
Le respondí que sí, e insistió. “Pero ¿nunca vinieron? ¿Ni con la justicia?” Le
dije que no. Que sólo la Conadep [Comisión Nacional sobre la Desaparición de
Personas] había entrado, acompañada por un ex detenido y un colimba. “¿Cómo es
posible que esto no se haya hecho antes?”, reflexionó en vos alta. Lo recordé
días después porque mucha gente me preguntó lo mismo. Y supuse entonces que era
un efecto de la naturalización de la impunidad reinante. Hoy le sumaría la
“mala prensa”, para decirlo suavemente, que teníamos los sobrevivientes aun en
ámbitos no previsibles. Kirchner no se hizo eco ello.
Ya eran las últimas horas de la
tarde cuando entramos al edificio de la Enfermería y se pensó ir hasta la Imprenta.
Entonces notamos que lo marinos iban apagando las luces de los lugares por
donde pasábamos. Y estábamos fatigados. Creo que se decidió dar por terminada
la visita y retirarnos en el micro. Cuando salimos a la Avenida del Libertador
subieron algunos familiares que abrazaban a los suyos. Recuerdo el encuentro y
el llanto de Mariana Gras y su padre. Una etapa había terminado: la que marcaba
que la impunidad tendría fin. Que se habría de hacer de la ESMA un espacio de
Memoria. Al día siguiente escribía: “Para nosotros fue un regreso en el tiempo,
Disparó algo de lo que entonces fuimos y cada uno se armó con los recursos que
pudo, como entonces, y se apoyó en el otro casi corporalmente –las manos
unidas, los abrazos- del mismo modo que antes nos ayudó a vivir. No fue fácil.
Pero creo que no me equivoco al decir que sentimos que hicimos lo que debíamos.
Y lo sigo sintiendo”.
**
Más de un mes antes de la visita,
el 9 de febrero de 2004, el presidente Kirchner anunció que la ESMA dejaría de
pertenecer a la Armada para ser preservada como Espacio de Memoria de los
crímenes allí cometidos. La medida conmovió al país. La ESMA, emblema de la
represión ilegal aquí y en el mundo, continuaba en poder de la Armada. Sus
instalaciones eran infranqueables. Como si nada hubiera pasado. Ahora esto
tendría fin. Kirchner explicitó la decisión tomada al reunirse ese día con 14
organismos de Derechos Humanos que le entregaron un documento en igual sentido.
A mí me tocó describir el predio y los distintos lugares en que los detenidos
desaparecidos fuimos recluidos, torturados y obligados a trabajar. El
presidente dijo que la recuperación sería el 24 de marzo, que no conocía el
lugar y que él iría antes con los sobrevivientes.
Nilda "Munu" Actis y Lila Pastoriza, ex detenidas desaparecidas
indicando los espacios de su secuestro en maqueta del Casino de Oficiales
realizada especialmente por un Grupo de Voluntariado de la Facultad de
Arquitectura de la Facultad de Arquitectura (FADU - UBA) coordinado por Marcelo
Castillo
Comisión Bipartita / Archivo Nacional de la Memoria (Gonzalo Vásquez)
Mi participación en el proceso
previo fue en alguna medida producto del azar. En la tarde del 3 de diciembre
del 2003, tras el inicio de la Marcha de la Resistencia, Alejandra Naftal y yo
(ambas integrábamos la asociación Buena Memoria) acompañamos a dos Madres de
Línea Fundadora hasta la entrada de la Casa Rosada y sin que nos lo
propusiéramos terminamos participando en una reunión del Presidente con varios
organismos de Derechos Humanos. Fue un encuentro difícil de olvidar y, pienso
hoy, que de algún modo ya prefiguraba lo que culminaría con la recuperación de
la ESMA.
“Ustedes han llevado adelante una
lucha de la historia grande de la Patria. Hay que cuidarla mucho”, dijo
Kirchner de entrada a las madres, abuelas, hijos y hermanos de desaparecidos
que allí estaban.
Me impresionó. Hacía mucho que yo
no escuchaba mencionar así la palabra “Patria” y menos de boca del Presidente.
Tampoco era muy frecuente que un gobernante reivindicara a sus compañeros
desaparecidos y que insistiera una y otra vez en recuperar la historia
reciente. “Nos importa la justicia pero también el reconocimiento social hacia
los desaparecidos, dijo. Hay que lograr el imperio de la justicia y que vayan
todos presos. Pero no alcanza. Hay que reivindicar a esa generación y trabajar
por la verdad histórica para acabar con la doble moral que hemos practicado los
argentinos respecto de estos hechos…Y lo vamos a lograr, la sociedad nos
acompañará”.
Fue una reunión poco habitual.
Mientras cada vez había allí más secretarios y ministros convocados ante cada
reclamo (desde la urgencia de preservar la documentación oficial sobre el
accionar represivo hasta la adjudicación de viviendas en un barrio del
conurbano), Kirchner charlaba con cada uno de nosotros sentados alrededor de
una larga mesa, contaba anécdotas, abrazaba a una de las Viejas. Así durante
dos horas y media. A esa altura era como si lo conociéramos de toda la vida. Y
los allí presentes acordamos seguir con los encuentros.
Hubo uno o dos más en diciembre
de ese año. Creo que fue para el tercero, probablemente en enero, que en Buena
Memoria decidimos plantear el caso de la ESMA. Hacía tiempo que veníamos
trabajando, junto con organismos y gente interesada, sobre la creación del Museo
de la Memoria. Hacia el fin de la reunión, y en una charla informal, Marcelo
Brodsky dio la patada inicial. “Y con la Esma ¿qué hacemos?”, preguntó a
Kirchner al tiempo que otros hablábamos de la cuestión con miembros del
gabinete. La respuesta del Presidente fue que estudiarían el tema. Días después
se comunicó con Estela Carlotto, para informar a través de ella que estaba
interesado en el tema de la ESMA. Y nos pusimos a revisar proyectos. Ya en
2000, y tras varias movidas previas, la Ciudad revocaba por ley la cesión del
predio a la Nación y destinaba los edificios del predio a la construcción del
Museo del Memoria. En estas condiciones y con Kirchner Presidente de la Nación
llegamos al 9 de febrero de 2004. A partir de entonces todo fue vertiginoso.
Participó muy activamente la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación
encabezada por Eduardo Luis Duhalde y, otros organismos, como la Liga Argentina
por los Derechos del Hombre y la Asociación de ex Detenidos Desaparecidos se
entrevistaron con el Presidente y se incorporaron a la preparación de la
visita. De la fecha, creo que nos enteramos todos menos de una semana antes.
La mirada de los compañeros
Para incluir sus voces, pedí a
algunxs ex detenidxs participantes en la visita del 19 de marzo de 2004 su
respuesta a las siguientes preguntas: cómo vivieron la decisión de participar
en la Visita, qué sintió cada unx en la recorrida del ex Casino de Oficiales y
cómo evaluó haber participado. Así respondieron:
Plano de la entrega parcial con el detalle de la parte cedida, 28 de
diciembre 2004
Comisión Bipartita / Archivo Nacional de la Memoria
Cristina Aldini: “Un antes y un después en mi vida”
Me costó tomar la decisión de ir,
temía (y me hubiera dolido) que se armara un "circo", no confiaba del
todo en los Kirchner. También me inquietaba volver a ese lugar, no por miedo
sino por dolor. Pero el hecho de que fuera una convocatoria al conjunto de
sobrevivientes me permitía evaluar que lo más difícil sería no estar allí.
Lo que no coincidía con mi
recuerdo eran las dimensiones de los diferentes espacios. Sobre todo, el sótano
y el Dorado, me parecían muchísimo más pequeños. Sentí un impacto muy fuerte en
todo sentido, hasta corporalmente. Había una excitación general, recuerdo que
me llamó la atención el volumen de las exclamaciones y la verborragia del
grupo. Difícil traducir en palabras esa experiencia. Sólo me rescataba el
abrazo de los compañeros, como un cable a tierra.
Acto de entrega definitiva del predio de la ESMA, con presencia de
organismos de Derechos Humanos, sobrevivientes, funcionarios del gobierno
nacional y de la ciudad,
30 de octubre de 2007
Comisión Bipartita / Archivo Nacional de la Memoria
Cuando salí estaba demasiado
impactada (y extrañada de que pudiéramos salir); pero sentí que era un antes y
un después en mi vida y en la de "todes", en sentido positivo o
negativo, insoslayable. Y con el tiempo lo fui valorando aún más, porque no fue
un "gesto" vacío sino el inicio de un tiempo de verdadera voluntad
política, aún con contradicciones y limitaciones, de sostener los principios de
Memoria, Verdad y Justicia. Jamás lo hubiera imaginado.
Ana Soffiantini: “Compartir aquellas vivencias con los compañeros”
Lo que me interesó sobre todo fue
poder encontrarme con otros compañeros y compartir e intercambiar las terribles
vivencias, reconstrucciones individuales para construir una memoria colectiva.
En lo personal, no me impactó el
lugar: ya el horror había sido derrotado al menos en mí, no me inmovilizó. Solo
una constante tristeza e inagotable búsqueda de imágenes pasadas que
permitieran armar el espacio físico que ocupaban los desaparecidos.
Acto del 24 de marzo de 2004
Comisión Bipartita / Archivo Nacional de la Memoria (Judith Said)
Valoro la acción gubernamental
del momento y pienso que ésta historia se suma a tantas así de duras y
sangrientas en la historia argentina. Esto se está construyendo y
constituyéndonos. Las victorias no tienen garantía. Debemos seguir luchando.
Adriana Clemente: “Entré como ex detenida desaparecida y salí como
sobreviviente”
Andrea Bello me preguntó sí me
sumaba a la visita y no dudé. Fue un día muy importante para mí, entré al
recorrido como una ex detenida desaparecida y salí como sobreviviente. Una
condición que resignificaba el hecho de haber quedado viva y luego me dio
fortaleza para dar testimonio en los juicios desde un lugar de afirmación
política y no de culpa. La entrada al Casino fue terrible, todavía estaban ahí
los olores y las imágenes de nuestros fantasmas. Néstor lloraba como un chico y
Cristina nos preguntaba cosas. Todo era vertiginoso. Después que bajé la
escalera me di cuenta que lo había hecho teniéndome la panza, como cuando
bajaba engrillada los tres pisos con los ojos tabicados, cuidando mi embarazo…
recién ahí pude llorar! Más tarde en el recorrido, por un momento, quedé
caminando por los jardines junto al Presidente. Ahí le pregunté por qué estaba
llevando adelante esta cruzada y él me dijo algo así: “no es por mí, ni por
ustedes de modo estricto. Es por nuestros hijos y nuestros nietos... Si no
encaramos este tema a fondo, no hay posibilidad de sacar el país adelante”. Y
yo sentí que la vida me volvía a poner en el lugar correcto.
Primeros carteles de señalización del predio realizados a partir del
trabajo de la Bipartita con los sobrevivientes. Instalados a mediados de 2005.
Comisión Bipartita / Archivo Nacional de la Memoria
Ricardo Coquet: “La euforia del encuentro”
Recibí el aviso de la Vicky:
"Néstor recibe a los ex detenidos de Esma en Casa de Gobierno. Al llegar
fue la euforia en el encuentro con los compañeros y la gratificación de ser
tenidos en cuenta...De ahí a un micro y a la Esma...Llegó Néstor, caminó con
nosotros por el lugar: un compañero.
Lo más impactante al entrar y
estar en el Casino fue ver a las personas moverse en libertad, sin grilletes,
capuchas ni guardias a su lado.
Al salir, la sensación fue que
estábamos entrando en un período de justicia real, después del gomazo del punto
final y la obediencia debida de Alfonsín. Esto era justicia real e inédita:
encarcelar a los genocidas en el propio país. Y lo logramos junto a la
conciencia colectiva. Ahora hay que defenderlo.
Martín Gras: “Siento que pese a todo hice bien en venir”
¿Qué recuerdo? Ráfagas. Día
soleado. Sensación de marchar en un grupo. (De ser parte de) Reencuentros.
Abrazos. Cierta euforia. ¿Mecanismo de defensa?
Entramos/entro al Casino. Todo
cambia. Los sonidos se ensordinan. Los colores se ensombrecen. Se van yendo.
Ahora soy yo solo, no un grupo. El sótano me parece absurdamente pequeño. Me
encuentro buscando " el pedazo que le falta". No está. Nunca estuvo.
Yo lo recordaba enorme. Tampoco está la escalera. Todo se ha vuelto gris. Ya no
veo colores.
En capucha han emparedado el
"camarote" donde estuve los últimos meses. Toco la pared. No tengo
aire. Salgo a la escalera y me siento en el último peldaño. Creo que lloro
despacio. Me aprietan el hombro. Es Néstor Kirchner (nos conocemos, hemos
compartido algún asado, solo nos hemos saludado con un cabezazo). “¿Cómo estás
Martín?” A través de los ojos velados me parece enorme. "Esto es muy
fuerte ", apenas contesto. Bajamos. En el Dorado se me acerca de nuevo.
"Tenemos que hacer que todos los argentinos vean esto. Solo así van a
entender". Lo dice con firmeza.
Salimos. Recupero el sol, el
aire, los colores, los sonidos. Veo a los compañeros que esperan tras las
rejas. Abrazos. Siento que estoy vivo. Que pese a todo hice bien en venir. Que
hay cosas para hacer.
Miriam Lewin: “El clima me ganó”
Recuerdo que no quería ir. Me
enojó mucho que no se dejara registro del momento con cámaras, como pedían
algunos sobrevivientes, porque lo habría justificado si hubiera sido un acto
privado, sin el Presidente. Allí sí, cada uno podía reclamar privacidad para
llorar a sus muertos. Pero que hubiera un mandatario electo recuperando para la
sociedad civil el centro clandestino tenía una dimensión histórica que no podía
quedar sin registrarse. Sin embargo, una compañera me convenció de ir por lo
menos al punto de reunión previo al ingreso.
Y el clima me ganó. Estábamos
todos juntos, viajando en un micro con un clima de estudiantina, celebrando
emocionados el regreso al campo en libertad. Entramos abucheados por los
familiares de los alumnos de la ESMA del otro lado de la reja, que no querían
dejar el predio.
Mientras recorríamos como locos
los pasillos y reconocíamos frenéticamente cada pared cambiada de lugar, cada
puerta bloqueada para confundir, el presidente y Cristina nos acompañaban con
dolor y respeto.
Fue un hito. La evidencia de que
el proceso de verdad y justicia se pondría en marcha. Me permitió comenzar a
resignificar el lugar aunque todavía hoy me cuesta ir.
Nilda “Munú” Actis: “Entré con los brazos levantados en V”
Yo tenía necesidad de entrar a ese
lugar desde al menos tres años atrás. Sentía que nos pertenecía a quienes
habíamos estado allí. Por entonces se sabía menos que hoy y su historia era
nuestra. Era una necesidad realmente muy fuerte. Ante la posibilidad de entrar
yo no dude un solo instante. Y entré al predio con mucha euforia, muchas ganas,
por ahí hay una foto donde se ven mis brazos levantados en V. Hablé con
compañeros tratando de disipar sus dudas con respeto, claro. Pero, en lo
personal, sentía que esto era prioritario.
Ya en el Casino reconocía los
espacios, que me parecían mucho más chicos de lo que yo recordaba tal como
ocurre cuando uno vuelve a la escuela de cuando era niño. …Creo que allí nos
convertíamos en mayores para no ahogarnos. En el sótano, que es donde más meses
pasé día y noche, y ahora estaba vacío, trataba de ver hasta donde abarcaba
cada lugar. Y al lograrlo era una euforia generalizada entre todos los que
estábamos ahí…Tenía la sensación de que éramos como niños descubriendo lo que
iba sucediendo. Y recuerdo haber corrido por las escaleras hacia arriba, y allí
sí, su construcción y se parecía mucho más al recuerdo.
Creo que fue un gran triunfo
haber podido entrar en aquel momento y por supuesto una muy buena decisión
política la recuperación de estos espacios para y que todos puedan visitarlos y
pasen a formar parte de la historia.
María Milesi: “Sentí que pude aceptar que todo lo vivido allí me había
pasado realmente”
Quiero decir que la presencia del
presidente Néstor Kirchner en nuestro ingreso a la Esma desvaneció cualquier
sentimiento de temor o incertidumbre: el Estado estaba reparando, acompañando,
dando luz a la lucha por la verdad y justicia. Estaba sacando de la oscuridad y
dando otro lugar a quienes habíamos estado detenidos/desaparecidos y en especial
a los compañeros que ya no estaban. Así lo viví, con fuertes emociones, junto a
mi compañero y nuestra hija.
Más de 26 años antes, a los tres
nos habían ingresado allí por la fuerza. Ahora, contenidos por gente de
Derechos Humanos, durante el recorrido fuimos reconociendo cada espacio,
dimensionando la magnitud de aquel infierno. El paso por el cuarto de las
embarazadas fue el más desgarrador. Salí del predio muy conmovida, con la
sensación de haber podido aceptar que todo lo vivido allí años atrás, me había
pasado realmente.
Liliana Gardella: “Éramos realmente los protagonistas”
Tardé un par de horas en tomar la
decisión. Me angustiaba la idea de volver a estar ahí, pero fue más fuerte el
impulso de participar con tantos compañeros de ese momento. Sentía que era una
situación irrepetible y así fue. Muy fuerte. El acuerdo tácito de todos los
compañeros de avanzar juntos hacia el Casino lo decidimos nosotros, éramos
realmente los protagonistas.
¿La entrada? Como un torbellino
de desparramarnos por los lugares, y, en mi caso, la sensación de que los
marinos se acababan de ir. Y todo el tiempo lo que veía me hacía reencontrar
con sensaciones y recuerdos.
Pienso hoy que me conmovió mucho,
y sentí que algo había cambiado. Presentí como un antes y un después a partir
de esa visita.
Fuente: Revista Haroldo, revista del Centro Cultural de la Memoria Haroldo ContiPor Lila PastorizaFotos Argra / Gentileza Gonzalo Vásquez21 de marzo de 2019



